La armónica
Desde hace tiempo había tenido yo la manía de crear música, escribirla, escucharla, sentirla. Todos los días al despertar, me acomodaba en el minúsculo taburete de madera que acompañaba al gigantesco piano de cola y me disponía a practicar, hasta que el hambre detuviera mis cansadas manos. Incluso, luego de comer, sentía la necesidad de seguir tocando y escuchar sus delicadas y finas melodías. Sentir que aunque yo no era perfecto, tenía la oportunidad de tener la perfección entre mis manos y que no necesitaba de ningún otro sonido para percibir la bella canción que era la vida. Asistía regularmente al distrito de mercaderes, tan sólo para observar las novedades de la tienda de música. Tenía la esperanza de encontrar ese precioso instrumento que era la ocarina. Su bello sonido traía paz al lugar donde estuviese, pero la calidez de la madera con la que estaba construida, sólo había podido apreciarla en mi niñez.
Mi abuelo, poseía una y en el momento en que sus dedos se posaban en los orificios del pequeño instrumento, mi mente viajaba a un lugar de ensueño, donde nadie tenía derecho de entrar, sólo yo y ese, tan puro sonido. A veces mi abuelo tocaba toda la noche, tan sólo para ayudarme a dormir, pero las dulces composiciones que él creaba me mantenían despierto como si nada pudiera alejarme de ese elixir de fantasía.
Y es que no sólo la ocarina me ilusionó a entrar en ese hermoso mundo del arte y la imaginación; pues, después, conocí la armónica.
Siempre fue un misterio para mí. Nunca tuve la dicha de ostentar una entre mis manos. De suspirar sus agradables acordes en alguno de sus 16 agujeros, en ninguno de sus 16 tonos. Ni siquiera mi abuelo que para mí era como un hombre orquesta, conocía los secretos que guardaba tan diminuto objeto; tan menospreciado por unos y tan anhelado y soñado por otros. Y yo pertenecía a esos otros. Imaginaba los acordes que podría formar. ¿Sonarían igual a la ocarina? ¿O qué tal a la flauta? Fue esa siempre mi mayor duda cuando era niño. Pero, conforme crecía descubría cada vez un poco más sobre ese extraño mundo que este instrumento formaba en mi ilusa cabeza. Acudí por primera vez a una tienda de música (lo cual se convirtió en un vicio para mí) para observar solamente la preciosa madera dura de las guitarras, bañadas algunas en brillante barniz.
Me entretuve una vez allí, con un par de relucientes violines y, luego, como si la iluminara una luz, la vi; tan pequeña, tan pura, tan fina. Cada uno de sus orificios resplandecían como oro y la delicadeza de las letras que formaban el apellido de su constructor, emergían en el color vino tinto del peine de tan codiciada armónica. Saqué de mi bolsillo el dinero que me había dado mi abuelo para un par de bongós y sin vacilar, pagué la suma adecuada por ella.
Aún, hoy, antes y después de cada concierto, en la soledad irremediable y buscada de mi camerino, me acompaña el leve quejido de esa armónica que hace parte de mí desde la niñez.
Autora: Natalia Castro
Edad: 13 años
miércoles, 7 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario