miércoles, 7 de octubre de 2009

EL ENAMORADO ENTRISTECIDO

Este es el enamorado entristecido, embrujado de una poción amorosa, elegante pero estrambótico, estresante de lo romántico, entusiasta pero amargado. Este enamorado entristecido, aunque es experimentado, una mujer jugó con su amor.
Aunque es extremadamente espantoso, tiene su alma llena de luz, pero tiene su mente tan elevada que hasta un estúpido papel flotando en el aire, lo tocó y lo espanta como su propia sombra.
Este es el enamorado entristecido, más conocido por Eliana como Estefan; ella lo engañó y jugó con su amor.
¡Por eso, este es un enamorado entristecido!

Autora: Yorley Arelis Ruiz M.
Edad 13 años
Un amor imposible
Hoy jueves sale Ana de su casa y se dirige hacia su clase de música. Ella quería conocer nuevos amigos, ya que no tenía. Ella pensaba demasiadas cosas mientras su padre la llevaba en su carro. Llegan al lugar, se despiden y, de pronto, aparece un chico que no le quita la mirada de encima. Ana, intrigada, le habló al instante: -Hola-, le dijo Ana. Él le respondió: hola, mucho gusto. Me llamo Hernando. 
Ana dice que no sabe qué le sucedió en ese momento, ella sólo sabe que ya cree en el amor a primera vista. Al entrar a clase, se buscan mutuamente. La pasan muy bien, pero llegada la hora de irse hacia sus casas, afuera estaba el papá, el bendito papá. Ella sale y no sabe cómo despedirse de su gran amigo. Amigo que ella no quería como amigo sino como algo más; pero ella pensaba que esto era imposible. 
Al subirse al carro, Hernando le llama: Ana. Y su padre, la mira fijamente. Ella asustada, termina de subirse al carro y se van. Mientras su padre maneja, le dice: -No quiero que a esta edad tengas novio. Y ella le dice: -¿Por qué no?- A lo cual él responde: -No preguntes, sólo hazme caso-. 
Pasaron las semanas y siempre sucedía lo mismo, logrando el padre que Hernando se alejara de su hija. Ana se cansa de la situación y no le hace caso. Ella intenta recuperar la cercanía de Hernando, aunque ella cree que es demasiado tarde y que él esté decepcionado de ella por culpa de su padre. Pasan unos meses y aquella joven decepcionada de su padre, cambia su actitud. Cuando su padre se ofrece a llevarla a la escuela, ella siempre respondía: -No, yo sé el camino-. Ni siquiera gracias le decía. 
Un viernes, sale Ana muy contenta de su casa, llega a la escuela, entra, mira para todos lados y Hernando no está. Cierra los ojos y piensa en sueños hermosos difíciles de expresar. De pronto, abre lentamente sus ojos y mira hacia el frente y allí estaba él. Ella con una sonrisa expresa su alegría. 
En el descanso se encuentran en el patio y luego de hablar un rato, él le dice: -¿quieres que te diga la verdad?, tu padre te cuida para él. 
Ella, con lágrimas en los ojos le dice: -¡No, no, no puede ser!- Cierra lentamente los ojos, flotando entre las lágrimas y su tristeza. Sale corriendo hacia su casa con un inmenso dolor. Y, al día siguiente, su padre, su supuesto padre, le confiesa su amor por ella. 
Autora: Melisa Bohorquez Jiménez
Edad 15 años. 
La armónica

Desde hace tiempo había tenido yo la manía de crear música, escribirla, escucharla, sentirla. Todos los días al despertar, me acomodaba en el minúsculo taburete de madera que acompañaba al gigantesco piano de cola y me disponía a practicar, hasta que el hambre detuviera mis cansadas manos. Incluso, luego de comer, sentía la necesidad de seguir tocando y escuchar sus delicadas y finas melodías. Sentir que aunque yo no era perfecto, tenía la oportunidad de tener la perfección entre mis manos y que no necesitaba de ningún otro sonido para percibir la bella canción que era la vida. Asistía regularmente al distrito de mercaderes, tan sólo para observar las novedades de la tienda de música. Tenía la esperanza de encontrar ese precioso instrumento que era la ocarina. Su bello sonido traía paz al lugar donde estuviese, pero la calidez de la madera con la que estaba construida, sólo había podido apreciarla en mi niñez.

Mi abuelo, poseía una y en el momento en que sus dedos se posaban en los orificios del pequeño instrumento, mi mente viajaba a un lugar de ensueño, donde nadie tenía derecho de entrar, sólo yo y ese, tan puro sonido. A veces mi abuelo tocaba toda la noche, tan sólo para ayudarme a dormir, pero las dulces composiciones que él creaba me mantenían despierto como si nada pudiera alejarme de ese elixir de fantasía. 
Y es que no sólo la ocarina me ilusionó a entrar en ese hermoso mundo del arte y la imaginación; pues, después, conocí la armónica. 
Siempre fue un misterio para mí. Nunca tuve la dicha de ostentar una entre mis manos. De suspirar sus agradables acordes en alguno de sus 16 agujeros, en ninguno de sus 16 tonos. Ni siquiera mi abuelo que para mí era como un hombre orquesta, conocía los secretos que guardaba tan diminuto objeto; tan menospreciado por unos y tan anhelado y soñado por otros. Y yo pertenecía a esos otros. Imaginaba los acordes que podría formar. ¿Sonarían igual a la ocarina? ¿O qué tal a la flauta? Fue esa siempre mi mayor duda cuando era niño. Pero, conforme crecía descubría cada vez un poco más sobre ese extraño mundo que este instrumento formaba en mi ilusa cabeza. Acudí por primera vez a una tienda de música (lo cual se convirtió en un vicio para mí) para observar solamente la preciosa madera dura de las guitarras, bañadas algunas en brillante barniz. 
Me entretuve una vez allí, con un par de relucientes violines y, luego, como si la iluminara una luz, la vi; tan pequeña, tan pura, tan fina. Cada uno de sus orificios resplandecían como oro y la delicadeza de las letras que formaban el apellido de su constructor, emergían en el color vino tinto del peine de tan codiciada armónica. Saqué de mi bolsillo el dinero que me había dado mi abuelo para un par de bongós y sin vacilar, pagué la suma adecuada por ella. 
Aún, hoy, antes y después de cada concierto, en la soledad irremediable y buscada de mi camerino, me acompaña el leve quejido de esa armónica que hace parte de mí desde la niñez. 

Autora: Natalia Castro
Edad: 13 años